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Venezolana, diecisieteañera, soñadora, apasionada, optimista. Éste es mi espacio, mi isla, donde los sueños y la Esperanza se hospedan. 

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domingo, 9 de marzo de 2014

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Te espero siempre en mis sueños







Catia La Mar, 4 de diciembre de 2013.
     
      Nonno, aún estoy tratando de disponer de mis ideas para poder escribirte esta carta; pero, no te alarmes, te pido, acabaré cuanto antes y apenas logre cesar las lágrimas que recaen sobre el papel. Ah, y por si te lo preguntas, tampoco has de  preocuparte por las lágrimas, no son de dolor, ni de tristeza (bueno, tal vez un poco), pero créeme cuando te digo que son más de alegría que de otra cosa, porque sé que tú estás bien, ¡y es que siempre fuiste un tipo muy alegre! Y contagiabas todo tu entorno con esa agasajadora sonrisa, y esos ojos, color miel de abejas, pero sin la dulzura: por desgracia, te la habían quitado ya a los once años de edad —aquellos eran tiempos de guerra— y te la remplazaron por el coraje y la perspicacia, aunque, aquel que tuvo la oportunidad de detallarte, pudo notar que en un punto de tu pupila se entremezclaba la esperanza (y deduzco por esto, que de allí prosperaron tus buenos sentimientos). Tatuaron en la túnica de tu alma crónicas que jamás pude desentrañar, pero apenas pude percibir algunas cosas: elementalmente te despojaron del lecho de tu madre, y te arrojaron a los prados y a las labores de cocina para poder atender a los alemanes, mientras había pobreza y hambre para todos los paisanos. Fueron tiempos muy difíciles, sí,  pero en este argumento hay “mucha tela que cortar”, y sé que ya has sanado todo esto, por lo tanto no has de sufrir más. 

      No lo voy a negar, tenía ese vago rayito de esperanza de que llegaras a bailar el famoso Vals de quinceañera conmigo (por muy tonto y cursi que suene), pero entiendo que te urgía irte, además, no fue del todo tu decisión, cuando el Padre Eterno llama a un hijo, se debe obedecer. Tampoco sé mucho de eso, pero me han dicho que justo antes de desplegar tu alma del cuerpo, te persignaste, cosa que a mi parecer, fue la forma más hermosa de entrar al Reino de los Cielos. Y ahora qué sabes de mis sentires,  tengo que agradecerte en primerísimo lugar porque si hay alguien que me ha enseñado lo que es vivir la vida en la más pura litosfera del amor, eres tú. Primero por el fuerte amor que les tenías a tus padres, pero en especial a tu madre, Eugenia, que por la forma en que siempre me hablabas de ella, era una mujer luchadora, que te entregó el más precioso legado de sabiduría y sencillez, y que además, desgraciadamente cayó enferma por largo tiempo (cosa que la llevó hasta la muerte). Pero ese amor por ella pervivió en ti hasta el último segundo de tu existencia porque cada vez que hablabas de ella tu rostro era resplandeciente. Era algo increíble. Y la única cosa que te reflejaba esta misma expresión, era hablar de la Nonna —que según, como solías afirmar, ella era  la compañera que el Padre Eterno te entregó para toda la vida— y te deleitabas y decías “¡Cómo no la voy a querer!” luego de narrarme el largo relato de cómo pararon a conocerse y enamorarse, y todo ese chiflado (pero dulce) cuento de amor. Debo destacar ese gran amor que le tenías a tu trabajo y a todos los compañeros que tuviste, todo el tiempo me hablaste de ellos y muy bien. También tuviste un gran amor por tu patria, por la que te vio nacer; y por la otra, la que te vio crecer y crear nuevos sucesores. Y ni hablar de tus hijas, a quienes les heredaste esa cualidad intrínseca de tu personalidad que viene de generaciones anteriores: valentía, certeza e inteligencia. Las formaste con tanto amor, y a su vez les mostraste el amor por los valores y los principios como la honestidad y el ser transparente. Por último, pero no menos importante, el amor a tu mejor amigo, Bochacco (el perro de la casa), el más leal de todos los compañeros, y quien siempre estaba a tu lado hasta las veces en que subías a la azotea a contemplar las estrellas. 

      En fin, hubo tantas cosas que me enseñaste, pero nada de eso podré olvidar. Te agradezco por todo, por cada vez que estuvimos sentados en el porche de la casa, hablando de la vida y el origen de las cosas, por cada vez que me echaste un regaño, por cada vez que reímos juntos (y no puedo olvidar esa desdentada sonrisa), y por cada vez que me diste un discurso sin sentido (en tus últimos meses de vida, me peleabas que la Tierra era circular y plana, en lugar de esférica) — “cosas de la demencia”, decía mi madre—. Me casaré con un buen hombre justo como tú siempre me aconsejaste (seré cautelosa, tranquilo), me dedicaré a hacer lo que más amo (cosa con la que ya he comenzado), me aferraré a la vida con la filosofía que tú llevaste, de bella sencillez. No te prometo no llorar, pero si identificaré la estrella que solías indicarme en el cielo (la estrella más brillante del cielo, Sirio) por ti,  por tu esencia y por tu alma.
Te espero siempre en mis sueños.

Con un profundo amor, la tua pupetta (tu muñeca)


Esta carta es mi maravilloso postulado que tiene lugar en el Concurso Cartas de Amor, sería todo un honor que lo leyeran y compartieran. Se encuentra pinchando este enlace: Mi carta

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