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Venezolana, diecisieteañera, soñadora, apasionada, optimista. Éste es mi espacio, mi isla, donde los sueños y la Esperanza se hospedan. 

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domingo, 16 de noviembre de 2014

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Carta a un destinatario lejano





Hola, ¿cómo has estado? [Confesión: Llevo noches seguidas pensando en cómo escribirte esta carta]. Claro está, que no sé bien cómo hacerlo y menos sabiendo que el destinatario se trata de una persona que está muy lejos ¡Y es que en estos tiempos ya ni se usan cartas! Todo suele resolverse con un mensaje vía WhatsApp, pero me pareció poco sutil decirte lo que quiero a través de un mensaje de texto. 

Todavía te extraño. Muchas veces paso tardes en el mueble de la sala fijando mi mirada en el cielo creando una nube del recuerdo que me da un pasaje directo a mis vivencias contigo. Por ejemplo, no puedo olvidar la última vez que dormí en tu casa, un mediado de verano en el hemisferio norte del Viejo Continente, sí, lo recuerdo bien porque aquella noche no dormimos ni tú ni yo. Tú porque te despertabas a cada treinta minutos para ir con pasos carrasposos al baño; y yo, porque el abusivo frío reinaba sobre las cobijas y me entumecía toda la piel provocándome incalculables espasmos musculares. Pero además de eso, los dos pasamos toda la noche jugando a ser masoquistas. Tú, porque a pesar de tu ceguera, te gustaba pasearte por el corredor y al final, te detenías a trancar la ventana; y yo, porque a pesar del extraordinario frío, me levantaba después de ti, y corriendo de puntitas, iba hasta allá para abrirla (así me daba menos miedo.) Y por si no fuera poco, los dos también teníamos conversaciones muy discordantes para la hora. Tú, que clavabas la cabeza en la almohada y dejabas escurrir un escalofriante gemido de “¡Mamá, Mamá!” cual cachorrito desamparado (no sé si a Dios, o al techo, o si estabas invocando a tu difunta madre); y yo, que te pedía mentalmente que te callaras y que dejaras de interrumpir mis visiones acerca de mi futura vida. No obstante la jornada nocturna no acababa aquí, después de realizar todo este ritual de actividades, se repetía el ciclo una y otra vez, hasta que finalmente, los rayos del Sol asomándose te tranquilizaban de una manera casi milagrosa.

Luego de que empezó a amanecer formalmente, te comprendí en lo absoluto; el profundo cielo que abandonó su lobreguez para aclararse y dejar salir una tonalidad de colores sutiles y celestiales, la luz opaca de la luna y de las estrellas que fue sustituida por los brillantes destellos solares, el tenebroso frío que se me metía hasta en los huesos se atenuó convirtiéndose en una acogedora brisa matutina y los aullidos de los perros salvajes que fueron remplazados por melodías de pajarillos, se llevaron todos los escalofriantes misterios de la noche que no nos dejaron dormir. Era como si el amanecer nos dijera a ambos por separado “No temas, aquí estoy, ya puedes descansar” con tan sólo un resoplido del viento y una pequeña caricia en la frente, entregándonos de una buena vez, al sueño profundo.

            A pesar de la terrible noche que me hiciste pasar,  a la mañana, después de descansar unas cuantas horas, bajé las escaleras para ver que había de desayuno y en cambio te encontré a ti paseando de la sala a la cocina como un niño aburrido. Me miraste como si nada hubiera pasado, me brindaste tu mejor sonrisa y me dijiste “buenos días”, yo, estaba muy cansada como para irritarme, y sólo me dediqué a abrazarte y responderte igual.


Recreé todo ese escenario en esta carta porque aunque no veía la hora de que acabara la noche, hoy quisiera poder volver a esperar de tal manera un bellísimo amanecer contigo. Te quiero. Todavía te quiero. Todavía te guardo en mi corazón. Ha sido difícil desde que te fuiste, más aun ahora que estás leyendo todo esto, y sabes que te extraño, que como una tonta, te extraño.  

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