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Venezolana, diecisieteañera, soñadora, apasionada, optimista. Éste es mi espacio, mi isla, donde los sueños y la Esperanza se hospedan. 

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martes, 5 de mayo de 2015

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Mi Ciudad de las Luces







Estoy harta de todo el desdén de la gente por las grandes metrópolis y la ambición y vanidad que hay entre sus calles. ¿Quién dijo en su sano juicio que se debía viajar al norte para ver la ciudad de las luces? Tonterías. Yo tengo mi propia Ciudad de las Luces a quince kilómetros de la comodidad de mi hogar, sin pasajes, sin visa, y sin trámites del cupo Cadivi (que ahora y que se llama Simadi ¡Da igual!). Tan sólo necesito mis pies que tienen mejores sentidos que mis manos. Mi Ciudad de las Luces tiene hasta estrellas en sus montañas, estrellas de diferentes colores que varían del blanco, al naranja y amarillo; estrellas que están ahí para hacer deslumbrar a la luna en caso de que se deprima. Mi Ciudad de las Luces tampoco duerme: tiene que velar por el viejo que sale tarde del trabajo, y por el que madruga para ir a trabajar; por el del puesto de perros calientes, el autobusero, el travesti y hasta el malandro.

Yo no puedo hacer más que quedarme callada y contemplar desde la ventanilla del carro como una niña que apenas descubre el mundo, porque aunque pase por los mismos sitios tres veces por semana, nunca dejo de maravillarme: la brisa, los edificios, el obelisco, y el Warairarepano que me acecha desde el rincón en el que esté. Me observa desde el fondo y finge que no lo sé, pero en realidad sí, porque en cada oportunidad que pueda lo veo. Lo veo y me siento tan diminuta que quisiera poder extender los brazos de manera tal que lo abrazara (ojo: no extender los brazos de verdad, ya que me los podría llevar un motorizado). Y si estás en cola, mejor aún, tienes mayores lapsos de tiempo para fijarte en el atardecer mientras escuchas a los Runrunes en La Cola Feliz.


Amo mi Ciudad de las Luces, que aunque a veces se quede sin luz, sus estrellas entre las montañas nunca nos defraudan. Amo mi ciudad. La amo de tantas formas posibles que aun sabiendo que estoy en una de las más peligrosas del mundo, me siento segura. Me siento segura porque estoy en casa. Camino con seguridad, la vista en frente y con pisadas firmes, eso sí, con prudencia: los dispositivos electrónicos bien guardados. Amo ir a por un café antes de la misa y luego de esta pasar por el Mercado Municipal. Amo las noches de teatro y de tertulia poética en la Casa Rómulo Gallegos acompañadas  —en algunas ocasiones— de unas buenas hamburguesas locales. Amo la autopista Prados del Este a las once de la noche y poder extender los brazos con la música a todo volumen. Amo el metro y todas las situaciones extrañas que puedes llegar a ver. Amo los fines de semana de picnic en el Parque del Este leyendo el libro del momento. Amo cada rincón de mi ciudad y cada cosa que aprendo y disfruto de ella, que no necesito cerrar los ojos e imaginarme que estoy en París, ¡Tengo mi propia Ciudad de las Luces! 

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