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sábado, 16 de abril de 2016

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Vigésima cuarta vez que dije te amo, lo siento



Vigésima cuarta vez que voy al súper y de regreso me doy cuenta que olvidé comprar los puerros. Vigésima cuarta vez que el estúpido perro de mi vecina ladra sin cesar al pobre ladrón que solo quiere entrar (que lo deje ser ladrón en paz ¡por favor!). Vigésima cuarta vez que levanto la mirada y veo un espectro pálido con los párpados y labios que se le recaen, como si implorara un poco más de ganas. Vigésima cuarta vez que mi madre deja resbalar un coroto de la cocina haciendo un concierto de utensilios. Vigésima cuarta vez que veo la estrella Polar en este año. Vigésima cuarta vez que he borrado y reescrito ésta oración. Vigésima tercera vez que chequeo el buzón de entrada por si alguno que otro me ha dejado un mail (pero no ha sido así, por ello allí viene una vigésima cuarta vez). Vigésima cuarta vez que el pez pica el anzuelo y aun así el pescador no sabe cómo es que no ha muerto. Vigésima cuarta vez que me dan escalofríos y que a pesar de colocarme por vigésima cuarta vez el abrigo de lana, se vienen como temblores –me vendrá la fiebre, por vigésima cuarta vez–. Vigésima cuarta vez que escucho el inaguantable discurso de la Amiga Divorciada Que Extraña A Su Marido, a pesar de mis veintitrés pésimos consejos acerca de cómo sobrellevarlo. Vigésima cuarta vez que menciono en un grupo social lo maravilloso que me ha parecido el Danubio bajo la tenue luz de Budapest, y las veinticuatro veces que bailé el vals de las flores de Tchaikovsky con mi abuela sobre los peldaños de madera del bote en el que navegábamos. Vigésima cuarta vez que ha venido el hombre que cobra la renta, ¿cómo se llamaba? Ah, sí, el Arrendatario, pues, ha venido tanto ya, que a veces sólo pasa para tomarse un café (les miento diciendo que han sido veinticuatro veces, pero vamos, solo quiero conservar la armonía)... ¿Dónde me quedé? Ah, sí, en la vigésima cuarta vez que me burlé del ridículo bigote de mi compañero de clases. Vigésima cuarta vez que me mido un traje ostentoso para saber si es el que llevaré en mi graduación. Vigésima cuarta vez que le echo un sorbo a la taza de café con leche a mi izquierda, y que sigue pareciéndome más amargo. Vigésima cuarta vez que me toqueteo el rostro y vigésima cuarta vez que mi madre me echa un regaño por hacerlo. Vigésima cuarta vez que he mencionado a mi madre hoy (¡la pobre no ha podido descansar!). Vigésima cuarta vez que me lees. Vigésima cuarta vez (esta vez sí, lo prometo),  que dije te amo, lo siento (no me arrepiento).
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