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sábado, 12 de noviembre de 2016

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Alberto Rivero








Allí estaba yo de nuevo, sentada con las piernas cruzadas frente a mi peor enemigo: el papel. La última situación traumática en que estuve también frente al papel no era muy diferente, tenía que redactar una reseña sobre el Ratatouille que sirvió Perris Hills en el Festival Gastronómico de México, el mismo festival en el que conocí a Alberto. "No tengo bolígrafo, señor Vicario". "No se preocupe señora, ya se lo facilito". Y mi pretexto para alargar el proceso no duró más de diez segundos, mientras el hombre abría su maletín forrado con cuero negro y sacaba una pluma Montblanc. La tinta era negra, por cierto, porque supongo que para señar documentos se requiere que sea a tinta negra. No lo sé, nunca me gustaron los trámites legales, ni las leyes, ni la política, ni nada de eso. Es por ello que yo no quería casarme "por el civil", pero bueno, qué más queda, lo que se hace por amor... Pero volviendo al festival, yo estaba tomando unas fotografías en el stand de Agatha Buendía cuando con el lente precisé a un hombre tragándose unas buenas tajadas de berenjena ahumada; le tomé una foto, porque me pareció de lo más cómico, y se dio cuenta. Después de ese día perdí la cabeza y el trabajo, Alberto y yo no nos despegábamos ni un segundo. "Señora de Rivero, no tenemos todo el día." Eso era lo más triste, que esa iba a ser la última vez que me llamasen así, porque, después de todo, para eso estaba el hombre ahí, y para eso me prestó su finísima pluma Montblanc. Cómo es posible que un pedazo de papel me cambiara la vida. Un vulgar papel, quizá hasta reciclado, que irónicamente pararía a ser el mismo con el que rayé unos dizque votos de amor por los que me desvelé y que no sirvieron para un carrizo. Esta vez no era de noche, era bien temprano, pero eso no me salvó de un insomnio. "Es que no veo nada, permítame buscar los lentes" "Pero si solo tiene que firmar ahí y listo". Me hice la miope y dibujé una raya bastante parecida al primer garabato que hizo mi hija en la pared. "Bueno, ya está, gracias señorita López, que tenga un buen día". Ridículo, pero de paso, torpe. Gracias a usted, porque para eso sirve su profesión, ¿no? Después de todo, Alberto le habrá pagado, probablemente con el dinero de la venta de la casa, se habrá ido a comprar otro boli costoso, y yo, en cambio, tendré que volver a la vida que tenía antes del festival, miserable, sola, ni siquiera con boli decente, y dependiente de un papel.

martes, 6 de septiembre de 2016

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Receso Requerido





Como muchas personas se han podido dar cuenta, no estuve activa en el blog por unos buenos meses. Quisiera disculparme por eso, pero fue una ausencia que necesitaba. Algunas personas que están leyendo esto saben que me cambié de Universidad (más bien estaba estudiando en una mientras la otra iniciaba clases), y en esa transición tuve un cambio determinante que me sacó de mi zona de confort. Digamos que me estaba poniendo demasiada presión porque iba a empezar lo que de verdad quería y por ende tenía muchísimas expectativas y todas altas, pero no me organicé adecuadamente para alcanzarlas. Todavía no estoy demasiado clara en cómo organizarme, pero la diferencia es que ahora tengo una visión más amplia, y como me dijo un amigo un poco avanzado en la carrera: "El ciclo básico es para descubrirse uno mismo" por lo que supongo que en eso estoy, en descubrirme a mí misma como estudiante universitaria. 

La razón por la que abandoné el blog por completo (y la escritura, porque tampoco escribí cosa alguna en todo este tiempo), es porque me dejé absorber por la universidad, error fatal. Me sumergí hasta el último pelito de la nariz en los libros. Todo, absolutamente todo en mi vida giraba en torno a estudiar, no hacía nada más, no me relacionaba con la gente si no era para estudiar, no pasaba mucho tiempo con mi familia, ya no veía a mis amigos del colegio ni de la otra universidad (algunos se molestaron por eso), y por si no fuera poco, a mitad de trimestre decidí mudarme sola a una residencia, ¿y qué acabo generando todo esto? que me sentí sola. Era una soledad que me rasgaba la piel y me halaba el tejido desde adentro, y yo intentaba ignorarla ingenuamente. Pero no puedes combatir fuego con fuego. Me alejé de mis viejas amistades, no hice vínculos tan fuertes con las nuevas, tenía un grupo de amigos pero a la vez no, lastimé a una persona que quería muchísimo... en fin, pero yo seguía enfrascada. Cada vez me aislaba más, me irritaba y seguía sin obtener los resultados que quería; le puse tanto esfuerzo a una materia que todo el estrés acabó por saturarme y colapsé, lo arruiné todo. Al menos mis notas no fueron tan caóticas como mis emociones, pero si las hubiera sabido manejar, los resultados hubieran sido mucho mejores. 

La imagen que tenía de mí misma en el colegio, la típica buena estudiante, muy segura de sí misma y acostumbrada a que todo le salga bien, había desvanecido por completo; de repente me sentía insegura y no-capaz de poder manejar la universidad. Era horrible, era frustrante. Y no quería conversarlo, no quería que nadie supiera lo que me estaba pasando porque me iban a decir "Ay, no seas ridícula, tú puedes con eso y mucho más", y quizá si lo estaba siendo, porque yo quise ahogarme en un vaso de agua, pero eso no quitaba el hecho de que la estuviera pasando mal, porque no solo me ahogué, sino que el vaso se derramó.

En mi mente no había lugar para ninguna de las otras cosas que me hacen feliz además de estudiar, como escribir, por ejemplo. [Aclaratoria: Sí, estudiar me hace bastante feliz, me gusta muchísimo, pero en este caso lo había llevado al extremo de la obsesión y todos sabemos que obsesión no es amor]. Como dije en una entrada anterior, escribir sirve de catarsis, por eso lo intenté hacer varias veces, pero por más que me sentara, las palabras se rehusaban a venir, y yo tampoco quise forzarlas, porque sabía que no serían genuinas, entonces decidí darme un receso creativo y no escribir más hasta que lograra organizar mi cabeza. Hoy, haciendo otras cosas -que no tienen nada que ver con escribir-, me paré en seco y dije "ya es tiempo" y aun no tenía idea de qué escribir, de si iba a valer la pena o qué, pero en este momento, que me dispongo en la silla frente a la hoja virtual del panel de Blogger, solo hago lo que siempre me funciona: dejarme llevar. Son mis dedos quienes siguen mi intuición, y ya luego, al final, le toca a la cabeza hacer la corrección :)

¿La continuación de mi historia con Soledad? Terminamos. No me hacía bien, no era una relación sana, ni mucho menos de mutualismo. Era un comensalismo salvaje en el que Soledad se alimentaba de mi aislamiento. Terminé cuando hube llorado bastante además de haber enfrentado uno de mis peores miedos desde pequeña: quedarme sola. Entonces decidí arriesgarme. Fui a por la persona que he estado queriendo todo este tiempo, era el momento justo de dejar de sentir miedo por todo y apropiarme de mis decisiones. A pesar de haberlo lastimado antes, gracias a Dios no era demasiado tarde, y esa única oportunidad que me dio resultó ser la oportunidad del resto de nuestras vidas. Me atreví a estar con la persona que quiero. Estoy feliz. Soy feliz. Restablecí mis vínculos sociales y familiares (bueno, en esto estoy jajaja), y ahora me siento como nueva, porque recuperé la confianza en mí misma. Estoy convencida de que este trimestre que se viene es una oportunidad para empezar con el pie derecho. 

Sé que el blog no se basa en relatar mi vida personal (al menos no directamente, jeje), pero también es cierto que desde que quise crearlo mi premisa ha sido la de escribir con la tinta de la honestidad, y no podía publicar nada sin antes compartir esta anécdota. Confieso que en uno de mis momentos de frustración, pensé en cerrar el blog, en abandonar la escritura, porque sentía que había perdido la chispa y la pasión por las cosas que hago, entonces escribir no iba a tener sentido alguno; pero eso significaba el suicidio figurativo de mi esencia y gracias a Dios que no me permitió hacerlo. Hoy por alguna razón recordé cómo me siento al escribir, y quería tener esa sensación de paz y compenetración total conmigo misma de nuevo.  

Se siente bien estar de vuelta. 

Just know that wherever you go, you can always come home  -Jason Mraz 





Libre como un ave.  




 Foto de mi amada casa de estudios, la Universidad Simón Bolívar, a las 6:00 pm

sábado, 16 de abril de 2016

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Vigésima cuarta vez que dije te amo, lo siento



Vigésima cuarta vez que voy al súper y de regreso me doy cuenta que olvidé comprar los puerros. Vigésima cuarta vez que el estúpido perro de mi vecina ladra sin cesar al pobre ladrón que solo quiere entrar (que lo deje ser ladrón en paz ¡por favor!). Vigésima cuarta vez que levanto la mirada y veo un espectro pálido con los párpados y labios que se le recaen, como si implorara un poco más de ganas. Vigésima cuarta vez que mi madre deja resbalar un coroto de la cocina haciendo un concierto de utensilios. Vigésima cuarta vez que veo la estrella Polar en este año. Vigésima cuarta vez que he borrado y reescrito ésta oración. Vigésima tercera vez que chequeo el buzón de entrada por si alguno que otro me ha dejado un mail (pero no ha sido así, por ello allí viene una vigésima cuarta vez). Vigésima cuarta vez que el pez pica el anzuelo y aun así el pescador no sabe cómo es que no ha muerto. Vigésima cuarta vez que me dan escalofríos y que a pesar de colocarme por vigésima cuarta vez el abrigo de lana, se vienen como temblores –me vendrá la fiebre, por vigésima cuarta vez–. Vigésima cuarta vez que escucho el inaguantable discurso de la Amiga Divorciada Que Extraña A Su Marido, a pesar de mis veintitrés pésimos consejos acerca de cómo sobrellevarlo. Vigésima cuarta vez que menciono en un grupo social lo maravilloso que me ha parecido el Danubio bajo la tenue luz de Budapest, y las veinticuatro veces que bailé el vals de las flores de Tchaikovsky con mi abuela sobre los peldaños de madera del bote en el que navegábamos. Vigésima cuarta vez que ha venido el hombre que cobra la renta, ¿cómo se llamaba? Ah, sí, el Arrendatario, pues, ha venido tanto ya, que a veces sólo pasa para tomarse un café (les miento diciendo que han sido veinticuatro veces, pero vamos, solo quiero conservar la armonía)... ¿Dónde me quedé? Ah, sí, en la vigésima cuarta vez que me burlé del ridículo bigote de mi compañero de clases. Vigésima cuarta vez que me mido un traje ostentoso para saber si es el que llevaré en mi graduación. Vigésima cuarta vez que le echo un sorbo a la taza de café con leche a mi izquierda, y que sigue pareciéndome más amargo. Vigésima cuarta vez que me toqueteo el rostro y vigésima cuarta vez que mi madre me echa un regaño por hacerlo. Vigésima cuarta vez que he mencionado a mi madre hoy (¡la pobre no ha podido descansar!). Vigésima cuarta vez que me lees. Vigésima cuarta vez (esta vez sí, lo prometo),  que dije te amo, lo siento (no me arrepiento).

miércoles, 23 de marzo de 2016

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Escribir como catarsis









Hace unas semanas iba en el carro cuando escucho a Eli Bravo hablar por la radio acerca de los beneficios de escribir en hoja y papel sobre lo que uno piensa, y mencionó cosas que me parecieron bastante interesantes, como que escribir frecuentemente ayuda a tener una relación personal sana, mejora la comunicación interpersonal, libera el estrés y te hace más feliz (entre una lista de otras cosas que dijo), lo que me llamó bastante la atención. Incluso añadió que él recomienda tener un blog personal ya que eso, te dota de mejores habilidades comunicativas y te ayuda a saber expresarte, por ende, a saber manejar las emociones. Luego me dio curiosidad ahondar en el tema y me puse a leer un poco, porque es algo en lo que no me había puesto a pensar; es decir, a mí me gusta mucho escribir, sobretodo porque en mis líneas dejo grafía de lo que son mis sentimientos e ideas, pero quizá no me estaba dando cuenta de que muchas cosas positivas que están pasando en mi vida son gracias a la escritura.

Cada uno de nosotros tiene su forma de conectarse consigo mismo, generalmente a través de la pasión; pero también utilizamos muchas herramientas a modo de terapia, porque lo necesitamos, porque queremos escapar, porque no podemos afrontar las cosas solos, en fin, sabrán los psicólogos... Escribir es una de ellas, y en mi opinión una de las mejores terapias en escala de efectividad. Cuando le digo a las personas que tengo un blog personal de escritura expresiva el ochenta por ciento me dice "¡Ay qué bien! Sabes, a mí me gusta escribir. De hecho, lo hago en un viejo cuaderno desde hace varios años..." y luego vengo yo a alentarlos para que se hagan su propio blog, y me dicen "Ay, no, ¡estás loca! A mi me da pena" o "Lo mío es más informal", o hasta "No creo ser tan talentoso como tú" y la última afirmación me causa gracia, porque talento no es lo que me sobra (como dice King, eso hay que dejárselo a los genios, a uno que puede llegar a ser bueno le sale es trabajo duro y constancia), pero ni siquiera lo hago porque crea ser buena, sino porque me ha servido de catarsis. Me explico: no quiero que esto suene como que escribo para desahogarme o cuando la musa llegue mágicamente. El oficio de escribir tiene sus desdobles, aunado al hecho de mantener un blog (eso es otro tema), pero es algo que disfruto al ciento por ciento y lo hago porque me llena.

Muchas personas que me leen saben que desde hace varios años escribo en un diario (ahora con menos frecuencia), cosa que si es bastante útil así no seas una persona que le guste escribir, pero ¿por qué? ¿No es lo mismo mantener las cosas en la mente a escribirlas? De todas maneras ya las sabes tú y nadie más, entonces, ¿cuál es el chiste de escribir un diario? Esta fue la pregunta con la que no pude dar en Internet y acabé buscando la respuesta dentro de mí misma: escribimos porque así es como plasmamos nuestros sentimientos, escribimos porque así es como materializamos nuestros pensamientos, es algo que necesitamos para liberar toda la tensión y la carga emocional que traen las circunstancias que vivimos a diario. Eso me llevó a concluir que todos somos escritores, porque escritor es "todo aquel que logre explicar mediante palabras lo que haya en su mente, ideas y puntos de vista", como respondí en un cuestionario que hice a los catorce años. Entonces, ¿por qué no hacerlo? Los especialistas afirman que es mucho más efectivo escribir las emociones reprimidas en un papel que decírselas a alguien, y la diferencia no está en que un medio sea escrito y el otro oral, sino en que al escribir dices cosas que jamás le dirías a nadie, cuentas esas historias de las que ni tu mejor amigo se puede enterar, te revelas, te desnudas al máximo; al escribir dices hasta lo que no te imaginas, te quedas sin nada que decir, hablas hasta en el subconsciente; es como tocarte, una experiencia netamente personal, que puedes compartir con otra persona pero que no es comparable a hacerlo tú mismo en tu privacidad. 

Escribir es una herramienta que nos ayuda a mantener viva la esencia de ser humanos, a saber que no hay límites, a conocer lugares del alma y de la mente que con las emociones y las ideas por sí mismas no podemos llegar. Escribe, no hace falta saber cómo (yo no sé cómo, a Vargas Llosa le cuesta, y Stephen King ni porque lo estudió en la Universidad sabe), lo único que necesitas es: (como dijo Eli Bravo en aquel segmento de radio) lápiz y papel, o, un ordenador con editor de textos :), y –añado yo– la disposición de hacerlo cada vez que lo creas necesario, no tienes que sentir que es un deber, sino siempre bajo la premisa de ir a liberarte o también, ir a descubrirte.  


Libre como un ave. 

miércoles, 9 de marzo de 2016

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Borrador







Olvidar a una persona en realidad es más sencillo de lo que parece. Créeme, que yo cuando digo algo casi nunca miento. Tú no fuiste la excepción a la regla, y eso que todos varios lo han sido. Lo gracioso es que semanas atrás me era inconcebible dejar de pensarte a cada rato, y ahora se me olvidó a quién le escribo. Supongo que así debió ser, ¿no? así quise yo que fuera desde el primer día, el día ese en que pasaste por la puerta con tu tumbao de aires ligeros y me revolviste el estómago y la cabeza y los ojos y dije ay no, ya me jodí. Si no, ¿quién iba yo a echarle la culpa por mis desvelos? Porque lo malo es que ahora sí duermo y ahora sí como y ahora sí sueño, y todo está aburrido normal. En parte extraño y no extraño eso. 

Pasó más rápido de lo que pensé, -el rebullicio, digo- porque honestamente con esa actitud tuya de niño estrella sí que me supiste engañar bien a la vuelta de dos y de tres, y de cuatro semanas. Pero ya a la quinta tercera, comencé a dudar, y a sospechar, y a descifrar a qué juego jugabas. Y todo encajó, es más, no tuve que hacer casi nada, no tuve que escapar, ni siquiera tuve que hablarte, tú hiciste todo. Pero en ese rebullicio de tres semanas que terminaron prologándose hasta doce, te disfruté con la mirada y la imaginación. Con la simple mirada te descubrí hasta las comisuras, te detallé hasta los vellos de la oreja, los que ya nadie ve, te hice y deshice, te imaginé de mil formas, y también descubrí tus grietas.  


Vi miedo y vi incertidumbre. Vi un niño estrella de papel. Entonces ahí fuiste poniendo la torta -para mí-, y paralelamente, un castillo de arena para la blonda Sol. No ha sido nada más que eso: un castillo de arena. Supongo que es lo más que puedes ofrecer. Y yo que quería todo, de ti, contigo. Quería lo más. Quería el castillo de arena. Luego me acordé de lo que le pasa a los castillos de arena: se desmoronan fácilmente. Basta que pase un hijo de su mamá y lo pise "sin querer"; y no, gracias, de desmorones ya sé bastante. Y yo sé que la torta también se desmorona, pero al menos te la puedes comer
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