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Venezolana, diecisieteañera, soñadora, apasionada, optimista. Éste es mi espacio, mi isla, donde los sueños y la Esperanza se hospedan. 

Helena

Fuente:  https://goo.gl/UM3f48 Eran las nueve y media, estaba yo muy cómodo tomando una taza de café negro, preparado para la s...

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lunes, 24 de abril de 2017

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Helena





Eran las nueve y media, estaba yo muy cómodo tomando una taza de café negro, preparado para la siguiente siesta de la mañana, cuando recibí una llamada de la oficina central. No atendí al primer repique, casi siempre son esos oficiales de patrulla que llaman para molestar, como si uno no tuviera nada más que hacer. A la quinta llamada no me quedó más remedio que levantarme y contestar.

–¿Aló? Sí, buenos días.
–Buenos días, ¿Oficial Torres? –habló una voz carrasposa que no me resultaba familiar.
–Sí, el mismo. ¿Quién habla?
–Es el Oficial Rojas –me dijo esta vez reduciendo la voz a un tono apenas audible–. Le llamo desde la estación central.
–Sí, eso vi. Pero, ¿quién es usted? Primera vez que escucho su nombre.
–Soy nuevo aquí, me transfirieron desde el interior. Usted mismo firmó la carta.
–Está bien, ¿qué se le ofrece?
–Estuve observando durante las últimas dos semanas a una muchachita que se pasea en la Plaza Sucre pidiendo colaboración.
–¿Y qué pasó con ella?
–Ella dice recoger dinero para una fundación, pero yo presumo que está mintiendo.
–Mire, yo sé que usted es otro de los oficiales que llaman para fastidiar. No tenemos tiempo para perder en boberías. Hasta pronto –colgué la llamada y me eché en el sillón.    
            Pasadas dos horas me despierto por el timbre del teléfono, era de la oficina central, otra vez. Como estaba aún dormido, no pude distinguir bien de quién era la voz.

–Oficial Torres, ¿quién habla?
–Lo que le comenté hace rato es bastante serio. No confío en nadie más que usted para este caso, necesito de su ayuda –me susurró con su voz carrasposa.
–Ah, es usted. Bueno mire, está bien, pásese por mi oficina más tarde.
–Gracias, allí lo veré –dijo más sereno.

            Luego del almuerzo me encontré con el fulano Oficinal Rojas, nos sentamos y le ofrecí un cafecito negro. Me dijo que no tomaba café, pero me preguntó si tenía jarabe para la tos. “¿jarabe para la tos? Este tipo si es raro”, pensé. Le pregunté si estaba enfermo y me dijo que no; estaba muy empeñado en hablar de la niñita. Me contó que un día estaba dándose una vuelta por la plaza cuando la vio pidiendo dinero, entonces, decidió sentarse durante un rato para detallarla. Incluso, en un momento dado, ella se le acercó y le pidió colaboración, alegando que dicho dinero iba destinado al tratamiento de niños con cáncer. El oficial se quedó el resto de la tarde hasta que la niña se fue.

            –¿Qué tiene de malo una niña que pide limosna? –le dije.
            –Oficial, esta no es cualquier niña, es la hija de Barracón.
            –¿La hija de Barracón? Debe estar equivocado, ¿qué hace una joven tan adinerada interesada en los niños con cáncer?
–Ese es el detalle.
–Bueno, ¿y le pidió el permiso de la alcaldía para verificar que es parte de la fundación?
Los ojos se le pusieron como platos. –No.
–¿Y entonces? ¿A qué juega usted, Oficial?

Se quedó callado. Me estaba sacando ya de quicio. Le di unos segundos más para ver si decía algo y el silencio se prolongó, al punto de incomodarme. Había jugado ya bastante con mi tiempo, así que le dije que se fuera, y que, si quería, regresara en la semana, pero solamente cuando tuviera pruebas suficientes.  Al día siguiente volvió con una carpeta y un frasquito. Se sentó y le dio un sorbo, y me dijo que había ido a ver a la joven luego de salir de mi oficina. Esta vez no hablaba con sigilo, y fue directo al grano. Me dio datos básicos de ella, como que se llama Helena, que es rubia, y debe estar pisando los veintitantos años. También que tiene un tic nervioso en el ojo cuando le habla a la gente, que tiene las manos pequeñas y que todos los días lleva jeans. Cuando hablaba de ella la voz le cambiaba, como si el jarabe que se acababa de beber le estuviera haciendo efecto. Le pregunté que qué tenían que ver los jeans con todo esto, se quedó mirándome y  frunció el ceño; miró al suelo y continuó hablando. Pasó casi quince minutos describiéndome a Helena, de pies a cabeza. Lo detuve en seco y le dije que dónde estaban las pruebas. Abrió la carpeta y me mostró una foto de la joven, que se veía bastante esbelta, justo como él la describió. Yo estuve detallando la imagen pero no comprendía lo que él me decía.

–A ver Rojas, ya deje el rodeo. Dígame qué es lo que supone usted que hace esta joven.
–¿Le parece bonita la muchacha?
–Pues, si, es bastante guapa.
–¿Cómo cree usted que una niña puede ser tan bonita? Le roba a los niños con cáncer.
–No sea ridículo, por favor, su papá ya bastante plata tiene.

            Rojas seguía empeñado, me dijo que debía ir a verla yo mismo, pero eso sí, que no me dejara engañar por su sonrisa rosa y la melena de oro. Yo acepté, por un momento no me pareció mala idea, así que al día siguiente le esperé desde temprano en el estacionamiento del cuadrante policial para ir juntos a la plaza. Estuve esperándolo alrededor de una hora, y cuando llegó, me dijo que ya no era necesario ir a verla porque había traído las pruebas. Me mostró unos papeles que señalaban que tal fundación no existe. Fuimos a la alcaldía, y no habían escuchado de tal fundación jamás; mucho menos le habían dado un permiso a una joven llamada Helena Barracón, ni siquiera aparecía en el sistema.

            La cuestión ya se estaba tornando más seria, así que le volví a preguntar a Rojas si estaba seguro de que la joven era la hija de Barracón. Me juró por su propio nombre que lo era. Le di órdenes a Rojas de ir al registro y buscarla, y me trajo un expediente. Aparentemente tenía un largo historial por multas de tránsito. Rojas quería más, afirmaba estar seguro de que había algo que confirmaría sus sospechas, así que pidió un permiso para revisar el registro judicial. Estuvo dos semanas seguidas investigando; en ese tiempo, no dormía ni comía, a veces ni siquiera parpadeaba, se quedaba embelesado viendo la pantalla del ordenador como si estuviese descifrando el Código Enigma y tomaba notas; eso era por las noches, y a la mañana se iba otra vez temprano a la plaza.  

            Al cabo de las dos semanas, Rojas recopiló las pruebas suficientes, me las entregó y las llevamos con un juez. El señor Barracón ofreció una cantidad exorbitante de dinero a la policía para que el juicio de su hija no se llevara a cabo, porque ni los diez abogados que tenía, fueron suficientes para cerrar el caso. Luego de varias semanas de litigio, el juicio se celebró y la niña resultó culpable. Se le condenó con tres meses de cárcel, y a su padre con seis por otras declaraciones que aparecieron en el camino.

Esa misma tarde entré en su oficina para buscar unas carpetas y abrí un cajón. Lo que vi a continuación me dejó atónito: una cantidad ridícula de frascos de jarabe vacíos. Debajo de ellos había unos papeles, parecían expedientes. Escuché un ruido que venía de la puerta y aglutiné los frascos como pude. Rojas entró y me miró de una manera extraña, como si fuera un desconocido que estaba hurgando entre sus cosas. Revisó el cajón y tomó uno de los frascos.

–¿Te tomaste mi último jarabe? –me dijo con los ojos aguados.
–No.

Aproveché una oportunidad en que se volteó y vi los papeles con más detalle: se parecían mucho a los expedientes que habíamos encontrado de Helena Barracón, con la diferencia de que estos eran de un tal Víctor Rojas.

sábado, 12 de noviembre de 2016

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Alberto Rivero








Allí estaba yo de nuevo, sentada con las piernas cruzadas frente a mi peor enemigo: el papel. La última situación traumática en que estuve también frente al papel no era muy diferente, tenía que redactar una reseña sobre el Ratatouille que sirvió Perris Hills en el Festival Gastronómico de México, el mismo festival en el que conocí a Alberto. "No tengo bolígrafo, señor Vicario". "No se preocupe señora, ya se lo facilito". Y mi pretexto para alargar el proceso no duró más de diez segundos, mientras el hombre abría su maletín forrado con cuero negro y sacaba una pluma Montblanc. La tinta era negra, por cierto, porque supongo que para señar documentos se requiere que sea a tinta negra. No lo sé, nunca me gustaron los trámites legales, ni las leyes, ni la política, ni nada de eso. Es por ello que yo no quería casarme "por el civil", pero bueno, qué más queda, lo que se hace por amor... Pero volviendo al festival, yo estaba tomando unas fotografías en el stand de Agatha Buendía cuando con el lente precisé a un hombre tragándose unas buenas tajadas de berenjena ahumada; le tomé una foto, porque me pareció de lo más cómico, y se dio cuenta. Después de ese día perdí la cabeza y el trabajo, Alberto y yo no nos despegábamos ni un segundo. "Señora de Rivero, no tenemos todo el día." Eso era lo más triste, que esa iba a ser la última vez que me llamasen así, porque, después de todo, para eso estaba el hombre ahí, y para eso me prestó su finísima pluma Montblanc. Cómo es posible que un pedazo de papel me cambiara la vida. Un vulgar papel, quizá hasta reciclado, que irónicamente pararía a ser el mismo con el que rayé unos dizque votos de amor por los que me desvelé y que no sirvieron para un carrizo. Esta vez no era de noche, era bien temprano, pero eso no me salvó de un insomnio. "Es que no veo nada, permítame buscar los lentes" "Pero si solo tiene que firmar ahí y listo". Me hice la miope y dibujé una raya bastante parecida al primer garabato que hizo mi hija en la pared. "Bueno, ya está, gracias señorita López, que tenga un buen día". Ridículo, pero de paso, torpe. Gracias a usted, porque para eso sirve su profesión, ¿no? Después de todo, Alberto le habrá pagado, probablemente con el dinero de la venta de la casa, se habrá ido a comprar otro boli costoso, y yo, en cambio, tendré que volver a la vida que tenía antes del festival, miserable, sola, ni siquiera con boli decente, y dependiente de un papel.

martes, 6 de septiembre de 2016

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Receso Requerido





Como muchas personas se han podido dar cuenta, no estuve activa en el blog por unos buenos meses. Quisiera disculparme por eso, pero fue una ausencia que necesitaba. Algunas personas que están leyendo esto saben que me cambié de Universidad (más bien estaba estudiando en una mientras la otra iniciaba clases), y en esa transición tuve un cambio determinante que me sacó de mi zona de confort. Digamos que me estaba poniendo demasiada presión porque iba a empezar lo que de verdad quería y por ende tenía muchísimas expectativas y todas altas, pero no me organicé adecuadamente para alcanzarlas. Todavía no estoy demasiado clara en cómo organizarme, pero la diferencia es que ahora tengo una visión más amplia, y como me dijo un amigo un poco avanzado en la carrera: "El ciclo básico es para descubrirse uno mismo" por lo que supongo que en eso estoy, en descubrirme a mí misma como estudiante universitaria. 

La razón por la que abandoné el blog por completo (y la escritura, porque tampoco escribí cosa alguna en todo este tiempo), es porque me dejé absorber por la universidad, error fatal. Me sumergí hasta el último pelito de la nariz en los libros. Todo, absolutamente todo en mi vida giraba en torno a estudiar, no hacía nada más, no me relacionaba con la gente si no era para estudiar, no pasaba mucho tiempo con mi familia, ya no veía a mis amigos del colegio ni de la otra universidad (algunos se molestaron por eso), y por si no fuera poco, a mitad de trimestre decidí mudarme sola a una residencia, ¿y qué acabo generando todo esto? que me sentí sola. Era una soledad que me rasgaba la piel y me halaba el tejido desde adentro, y yo intentaba ignorarla ingenuamente. Pero no puedes combatir fuego con fuego. Me alejé de mis viejas amistades, no hice vínculos tan fuertes con las nuevas, tenía un grupo de amigos pero a la vez no, lastimé a una persona que quería muchísimo... en fin, pero yo seguía enfrascada. Cada vez me aislaba más, me irritaba y seguía sin obtener los resultados que quería; le puse tanto esfuerzo a una materia que todo el estrés acabó por saturarme y colapsé, lo arruiné todo. Al menos mis notas no fueron tan caóticas como mis emociones, pero si las hubiera sabido manejar, los resultados hubieran sido mucho mejores. 

La imagen que tenía de mí misma en el colegio, la típica buena estudiante, muy segura de sí misma y acostumbrada a que todo le salga bien, había desvanecido por completo; de repente me sentía insegura y no-capaz de poder manejar la universidad. Era horrible, era frustrante. Y no quería conversarlo, no quería que nadie supiera lo que me estaba pasando porque me iban a decir "Ay, no seas ridícula, tú puedes con eso y mucho más", y quizá si lo estaba siendo, porque yo quise ahogarme en un vaso de agua, pero eso no quitaba el hecho de que la estuviera pasando mal, porque no solo me ahogué, sino que el vaso se derramó.

En mi mente no había lugar para ninguna de las otras cosas que me hacen feliz además de estudiar, como escribir, por ejemplo. [Aclaratoria: Sí, estudiar me hace bastante feliz, me gusta muchísimo, pero en este caso lo había llevado al extremo de la obsesión y todos sabemos que obsesión no es amor]. Como dije en una entrada anterior, escribir sirve de catarsis, por eso lo intenté hacer varias veces, pero por más que me sentara, las palabras se rehusaban a venir, y yo tampoco quise forzarlas, porque sabía que no serían genuinas, entonces decidí darme un receso creativo y no escribir más hasta que lograra organizar mi cabeza. Hoy, haciendo otras cosas -que no tienen nada que ver con escribir-, me paré en seco y dije "ya es tiempo" y aun no tenía idea de qué escribir, de si iba a valer la pena o qué, pero en este momento, que me dispongo en la silla frente a la hoja virtual del panel de Blogger, solo hago lo que siempre me funciona: dejarme llevar. Son mis dedos quienes siguen mi intuición, y ya luego, al final, le toca a la cabeza hacer la corrección :)

¿La continuación de mi historia con Soledad? Terminamos. No me hacía bien, no era una relación sana, ni mucho menos de mutualismo. Era un comensalismo salvaje en el que Soledad se alimentaba de mi aislamiento. Terminé cuando hube llorado bastante además de haber enfrentado uno de mis peores miedos desde pequeña: quedarme sola. Entonces decidí arriesgarme. Fui a por la persona que he estado queriendo todo este tiempo, era el momento justo de dejar de sentir miedo por todo y apropiarme de mis decisiones. A pesar de haberlo lastimado antes, gracias a Dios no era demasiado tarde, y esa única oportunidad que me dio resultó ser la oportunidad del resto de nuestras vidas. Me atreví a estar con la persona que quiero. Estoy feliz. Soy feliz. Restablecí mis vínculos sociales y familiares (bueno, en esto estoy jajaja), y ahora me siento como nueva, porque recuperé la confianza en mí misma. Estoy convencida de que este trimestre que se viene es una oportunidad para empezar con el pie derecho. 

Sé que el blog no se basa en relatar mi vida personal (al menos no directamente, jeje), pero también es cierto que desde que quise crearlo mi premisa ha sido la de escribir con la tinta de la honestidad, y no podía publicar nada sin antes compartir esta anécdota. Confieso que en uno de mis momentos de frustración, pensé en cerrar el blog, en abandonar la escritura, porque sentía que había perdido la chispa y la pasión por las cosas que hago, entonces escribir no iba a tener sentido alguno; pero eso significaba el suicidio figurativo de mi esencia y gracias a Dios que no me permitió hacerlo. Hoy por alguna razón recordé cómo me siento al escribir, y quería tener esa sensación de paz y compenetración total conmigo misma de nuevo.  

Se siente bien estar de vuelta. 

Just know that wherever you go, you can always come home  -Jason Mraz 





Libre como un ave.  




 Foto de mi amada casa de estudios, la Universidad Simón Bolívar, a las 6:00 pm

sábado, 16 de abril de 2016

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Vigésima cuarta vez que dije te amo, lo siento



Vigésima cuarta vez que voy al súper y de regreso me doy cuenta que olvidé comprar los puerros. Vigésima cuarta vez que el estúpido perro de mi vecina ladra sin cesar al pobre ladrón que solo quiere entrar (que lo deje ser ladrón en paz ¡por favor!). Vigésima cuarta vez que levanto la mirada y veo un espectro pálido con los párpados y labios que se le recaen, como si implorara un poco más de ganas. Vigésima cuarta vez que mi madre deja resbalar un coroto de la cocina haciendo un concierto de utensilios. Vigésima cuarta vez que veo la estrella Polar en este año. Vigésima cuarta vez que he borrado y reescrito ésta oración. Vigésima tercera vez que chequeo el buzón de entrada por si alguno que otro me ha dejado un mail (pero no ha sido así, por ello allí viene una vigésima cuarta vez). Vigésima cuarta vez que el pez pica el anzuelo y aun así el pescador no sabe cómo es que no ha muerto. Vigésima cuarta vez que me dan escalofríos y que a pesar de colocarme por vigésima cuarta vez el abrigo de lana, se vienen como temblores –me vendrá la fiebre, por vigésima cuarta vez–. Vigésima cuarta vez que escucho el inaguantable discurso de la Amiga Divorciada Que Extraña A Su Marido, a pesar de mis veintitrés pésimos consejos acerca de cómo sobrellevarlo. Vigésima cuarta vez que menciono en un grupo social lo maravilloso que me ha parecido el Danubio bajo la tenue luz de Budapest, y las veinticuatro veces que bailé el vals de las flores de Tchaikovsky con mi abuela sobre los peldaños de madera del bote en el que navegábamos. Vigésima cuarta vez que ha venido el hombre que cobra la renta, ¿cómo se llamaba? Ah, sí, el Arrendatario, pues, ha venido tanto ya, que a veces sólo pasa para tomarse un café (les miento diciendo que han sido veinticuatro veces, pero vamos, solo quiero conservar la armonía)... ¿Dónde me quedé? Ah, sí, en la vigésima cuarta vez que me burlé del ridículo bigote de mi compañero de clases. Vigésima cuarta vez que me mido un traje ostentoso para saber si es el que llevaré en mi graduación. Vigésima cuarta vez que le echo un sorbo a la taza de café con leche a mi izquierda, y que sigue pareciéndome más amargo. Vigésima cuarta vez que me toqueteo el rostro y vigésima cuarta vez que mi madre me echa un regaño por hacerlo. Vigésima cuarta vez que he mencionado a mi madre hoy (¡la pobre no ha podido descansar!). Vigésima cuarta vez que me lees. Vigésima cuarta vez (esta vez sí, lo prometo),  que dije te amo, lo siento (no me arrepiento).

miércoles, 23 de marzo de 2016

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Escribir como catarsis









Hace unas semanas iba en el carro cuando escucho a Eli Bravo hablar por la radio acerca de los beneficios de escribir en hoja y papel sobre lo que uno piensa, y mencionó cosas que me parecieron bastante interesantes, como que escribir frecuentemente ayuda a tener una relación personal sana, mejora la comunicación interpersonal, libera el estrés y te hace más feliz (entre una lista de otras cosas que dijo), lo que me llamó bastante la atención. Incluso añadió que él recomienda tener un blog personal ya que eso, te dota de mejores habilidades comunicativas y te ayuda a saber expresarte, por ende, a saber manejar las emociones. Luego me dio curiosidad ahondar en el tema y me puse a leer un poco, porque es algo en lo que no me había puesto a pensar; es decir, a mí me gusta mucho escribir, sobretodo porque en mis líneas dejo grafía de lo que son mis sentimientos e ideas, pero quizá no me estaba dando cuenta de que muchas cosas positivas que están pasando en mi vida son gracias a la escritura.

Cada uno de nosotros tiene su forma de conectarse consigo mismo, generalmente a través de la pasión; pero también utilizamos muchas herramientas a modo de terapia, porque lo necesitamos, porque queremos escapar, porque no podemos afrontar las cosas solos, en fin, sabrán los psicólogos... Escribir es una de ellas, y en mi opinión una de las mejores terapias en escala de efectividad. Cuando le digo a las personas que tengo un blog personal de escritura expresiva el ochenta por ciento me dice "¡Ay qué bien! Sabes, a mí me gusta escribir. De hecho, lo hago en un viejo cuaderno desde hace varios años..." y luego vengo yo a alentarlos para que se hagan su propio blog, y me dicen "Ay, no, ¡estás loca! A mi me da pena" o "Lo mío es más informal", o hasta "No creo ser tan talentoso como tú" y la última afirmación me causa gracia, porque talento no es lo que me sobra (como dice King, eso hay que dejárselo a los genios, a uno que puede llegar a ser bueno le sale es trabajo duro y constancia), pero ni siquiera lo hago porque crea ser buena, sino porque me ha servido de catarsis. Me explico: no quiero que esto suene como que escribo para desahogarme o cuando la musa llegue mágicamente. El oficio de escribir tiene sus desdobles, aunado al hecho de mantener un blog (eso es otro tema), pero es algo que disfruto al ciento por ciento y lo hago porque me llena.

Muchas personas que me leen saben que desde hace varios años escribo en un diario (ahora con menos frecuencia), cosa que si es bastante útil así no seas una persona que le guste escribir, pero ¿por qué? ¿No es lo mismo mantener las cosas en la mente a escribirlas? De todas maneras ya las sabes tú y nadie más, entonces, ¿cuál es el chiste de escribir un diario? Esta fue la pregunta con la que no pude dar en Internet y acabé buscando la respuesta dentro de mí misma: escribimos porque así es como plasmamos nuestros sentimientos, escribimos porque así es como materializamos nuestros pensamientos, es algo que necesitamos para liberar toda la tensión y la carga emocional que traen las circunstancias que vivimos a diario. Eso me llevó a concluir que todos somos escritores, porque escritor es "todo aquel que logre explicar mediante palabras lo que haya en su mente, ideas y puntos de vista", como respondí en un cuestionario que hice a los catorce años. Entonces, ¿por qué no hacerlo? Los especialistas afirman que es mucho más efectivo escribir las emociones reprimidas en un papel que decírselas a alguien, y la diferencia no está en que un medio sea escrito y el otro oral, sino en que al escribir dices cosas que jamás le dirías a nadie, cuentas esas historias de las que ni tu mejor amigo se puede enterar, te revelas, te desnudas al máximo; al escribir dices hasta lo que no te imaginas, te quedas sin nada que decir, hablas hasta en el subconsciente; es como tocarte, una experiencia netamente personal, que puedes compartir con otra persona pero que no es comparable a hacerlo tú mismo en tu privacidad. 

Escribir es una herramienta que nos ayuda a mantener viva la esencia de ser humanos, a saber que no hay límites, a conocer lugares del alma y de la mente que con las emociones y las ideas por sí mismas no podemos llegar. Escribe, no hace falta saber cómo (yo no sé cómo, a Vargas Llosa le cuesta, y Stephen King ni porque lo estudió en la Universidad sabe), lo único que necesitas es: (como dijo Eli Bravo en aquel segmento de radio) lápiz y papel, o, un ordenador con editor de textos :), y –añado yo– la disposición de hacerlo cada vez que lo creas necesario, no tienes que sentir que es un deber, sino siempre bajo la premisa de ir a liberarte o también, ir a descubrirte.  


Libre como un ave. 

miércoles, 9 de marzo de 2016

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Borrador







Olvidar a una persona en realidad es más sencillo de lo que parece. Créeme, que yo cuando digo algo casi nunca miento. Tú no fuiste la excepción a la regla, y eso que todos varios lo han sido. Lo gracioso es que semanas atrás me era inconcebible dejar de pensarte a cada rato, y ahora se me olvidó a quién le escribo. Supongo que así debió ser, ¿no? así quise yo que fuera desde el primer día, el día ese en que pasaste por la puerta con tu tumbao de aires ligeros y me revolviste el estómago y la cabeza y los ojos y dije ay no, ya me jodí. Si no, ¿quién iba yo a echarle la culpa por mis desvelos? Porque lo malo es que ahora sí duermo y ahora sí como y ahora sí sueño, y todo está aburrido normal. En parte extraño y no extraño eso. 

Pasó más rápido de lo que pensé, -el rebullicio, digo- porque honestamente con esa actitud tuya de niño estrella sí que me supiste engañar bien a la vuelta de dos y de tres, y de cuatro semanas. Pero ya a la quinta tercera, comencé a dudar, y a sospechar, y a descifrar a qué juego jugabas. Y todo encajó, es más, no tuve que hacer casi nada, no tuve que escapar, ni siquiera tuve que hablarte, tú hiciste todo. Pero en ese rebullicio de tres semanas que terminaron prologándose hasta doce, te disfruté con la mirada y la imaginación. Con la simple mirada te descubrí hasta las comisuras, te detallé hasta los vellos de la oreja, los que ya nadie ve, te hice y deshice, te imaginé de mil formas, y también descubrí tus grietas.  


Vi miedo y vi incertidumbre. Vi un niño estrella de papel. Entonces ahí fuiste poniendo la torta -para mí-, y paralelamente, un castillo de arena para la blonda Sol. No ha sido nada más que eso: un castillo de arena. Supongo que es lo más que puedes ofrecer. Y yo que quería todo, de ti, contigo. Quería lo más. Quería el castillo de arena. Luego me acordé de lo que le pasa a los castillos de arena: se desmoronan fácilmente. Basta que pase un hijo de su mamá y lo pise "sin querer"; y no, gracias, de desmorones ya sé bastante. Y yo sé que la torta también se desmorona, pero al menos te la puedes comer

sábado, 13 de febrero de 2016

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De números y probabilidad



Si hay algo que explique de manera precisa la cuestión esta que llaman amor, esos son los números. Si, los números. Las relaciones amorosas funcionan como una secuencia de azar. Si usted ha estado pensando en trucos o atajos para poder llegar más rápido, de plano le aviso, no hay. No hay atajos. Los números jamás hacen trampa y siempre son exactos. Tendrá que apegarse a la ley de probabilidad o estará pelando. Sí, eso, así se llama ese azar infinito de posibilidades, pero créalo o no, así es como funciona la cosa. Y por "la cosa" me refiero a lo siguiente: si usted está leyendo esto quiere decir que ha vivido por lo menos unos cien corazones rotos (y no quiera venir a decir que han sido noventa y nueve), y después de esos cien corazones rotos de seguro piensa que el amor no sirve y ha estado considerando adoptar un gato y ponerlo a parir para no dañar el estereotipo; sin embargo, no descarta la posibilidad de que en el intento ciento uno logre encontrar a una persona. Y va y se enamora. Puede que no sea en la ciento uno como puede que sí, la probabilidad de que encuentre al amor de su vida es de una en un gúgol. Entonces, la cosa consiste más o menos en ir probando infinitas veces porque no se sabe cuándo aparezca la persona que encaja. Y así vamos, de persona en persona, de miradas en miradas, de labios a labios, sin cesar, hasta que el juego de azar caiga. Si hay algo que es seguro, es que de las gúgol personas que se pueden tropezar con uno en la vida, al menos una tiene que encajar. Eso es probabilidad, y si usted no me cree, compruébelo. Vaya y enamórese cuantas veces pueda. Entréguese sin miedo y sin ataduras, que al fin y al cabo terminará dándose cuenta de que somos puras combinaciones de números alternándose. Y los números son infinitos. Y las posibilidades son infinitas. Por ello nos pasamos la vida entera enamorándonos de gentes de todo tipo, unos más así y otros más asá; y aunque al final no resulte, nada de eso nos impide seguir haciéndolo, porque muy intuitivamente sabemos que de las gúgol personas que se pueden tropezar con uno en la vida, al menos una, tiene que encajar. 

jueves, 4 de febrero de 2016

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Review: Dagon and Other Macabre Tales

Dagon and Other Macabre Tales Dagon and Other Macabre Tales by H.P. Lovecraft

Título: Dagón
Autor(a): H.P. Lovecraft
Editorial: -
Páginas: 6
My rating: 3 of 5 stars


           Iniciaré diciendo que después de leer Mientras Escribo de Stephen King, no puedo volver a leer de la misma manera (gracias, Stephen), porque ahora sí que me doy cuenta de que hay un montón de basura literaria que tiene muchísima fama. No me mal interpreten, no quiero parecer presumida, sino que King en su libro toma a Lovecraft como ejemplo de una mala técnica que emplean muchos autores, y como yo antes de eso no había leído nada sobre H.P. Lovecraft, me hice esa idea.

        Así que comencé a leer Dagón predispuesta y con las garras listas para destruirlo a base de críticas (como si yo tuviera la facultad para hacerlo) y por esta razón al principio me costó muchísimo engancharme a la historia e imaginarme todo a detalle como Lovecraft lo describe (pelo a pelo, de verdad).

      Es un relato breve (sólo he leído este, no el resto de los que aparecen en la publicación), que narra un hombre que se volvió loco por haber visto una criatura horrible en las profundidades del mar. Debo ser objetiva mencionando que al inicio sí tiene muchos adverbios innecesarios que hacen fastidiosa la lectura, pero conforme se avanza eso se va liberando. Como a la mitad del relato fue que conseguí engancharme y pues allí, disfrutar. No sé si sea lo que los lectores de Lovecraft recomienden para una primera lectura de él, pero a mí en lo particular me gustó y sin duda leeré otros cuentos de él.



jueves, 21 de enero de 2016

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Review: ¡Diles que no me maten!

¡Diles que no me maten!


















































¡Diles que no me maten! by Juan Rulfo
Título: ¡Diles que no me maten!
Autor(a): Juan Rulfo
Editorial: -
Páginas: 8
                    My rating: 5 of 5 stars


      ¡Excelente narración! Sin duda alguna, ¡Diles que no me maten! es un gran relato de uno de los maestros de la literatura latinoamericana. Me gustó absolutamente todo, la secuencia de la narración, y las matices que toma la estructura al ser contado de a partes por personajes diferentes. Me gusta ese dinamismo.

         Juvencio Nava es un campesino sinvergüenza que pide piedad cuando no tiene ni moral para hacerlo. Tanto miedo que le tenía a la muerte para terminar muriendo de aquella forma, y peor aun, que su propio hijo lo haya dejado y ni haya hecho mayor esfuerzo por salvarlo. Le salió el tiro por la culata.

         Muy bueno el desarrollo del cuento, la estructura, la consistencia de los personajes; algo que bien me gustó muchísimo es el costumbrismo que se ve reflejado. Se siente la tradición mejicana a través de los diálogos y la narración. Voy a citar una frase que dice el coronel (el hijo de Guadalupe Torres), que me quedó en la cabeza (a modo de preámbulo al acto de ejecución del asesino para vengar a su padre):

"Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta."

       Sin embargo, tuvo algo de piedad, lo dejó morir ebrio para dizque no sintiera el dolor de los tiros.

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lunes, 11 de enero de 2016

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Review: El caballero de la armadura oxidada

El caballero de la armadura oxidada El caballero de la armadura oxidada by Robert Fisher
Título: El caballero de la armadura oxidada
Autor(a): Robert Fisher
Páginas: 108
Editorial: Obelisco
                    My rating: 4 of 5 stars




       El caballero de la armadura oxidada es un relato que ha traído fama desde su publicación por el mensaje y trasfondo psicológico que tiene. Es –en mi opinión–, al igual que El Principito, una lección de vida (bueno, una no, varias) muy importante escrita en pocas líneas.

      Si bien todo lo que se describe y explica en el relato es súper importante y yo estoy 100% de acuerdo (alguna de las cosas ya las sé y ya las aplico, pero me enseñó otras importantes), no me encantó del todo.

       Desde el punto de vista literario, no me gustó la narración ni el cuerpo de los personajes. Yo sé que tiene fantasía, pero la idea de la fantasía es que aunque sea descabellada tenga algún sentido (sentido fantástico ja ja). Hubo muchos recursos estilísticos que no me parece que encajaran en el cuento. Le restaban belleza.

      No he leído otra obra de Fisher así que no puedo decir si lo que he mencionado arriba es algo que es parte del estilo del autor, lo que sé es que no me gustó.

     Al inicio mencioné "trasfondo psicológico" pero el mensaje no estaba tan oculto. Era más bien superficial, estaba en la epidermis del cuento; lo cual lo vuelve muy predecible y tosco. Un buen relato que tiene algo que enseñarnos lo hace sutilmente a través de otros recursos. Yo hubiera sugerido otra manera de narrarlo, porque así como está, el lector fácilmente se aburre y dice "nah, otro libro de autoayuda de pila".

     Comenzó sin gustarme, el caballero me parecía de cartón, el Mago Merlín me parecía de cartón, los animales, bueno, qué puedo decir... Tenía esa terrible sensación de estar leyendo personajes acartonados (y no hay nada peor que eso); pero decidí continuar leyéndolo hasta el final por un compromiso conmigo misma (de terminar los libros que empiece) y como de la mitad hasta el final (seguía la narración tosca y los personajes de cartón) el libro comienza a tener un montón de frases y diálogos que me gustaron y me quedaron pegados en la mente.

        Lo llevé hasta el final y terminó gustándome todo lo que Fisher enseña en él (aunque la metáfora principal que es la trama en sí, sea mala en mi opinión), y detesto comparar pero a diferencia de El Principito, la narración es lo que me hace pensar que no está bien escrito.

        Es un libro de exploración personal que puede ser bastante esclarecedor. A mí sobretodo al final me enseñó mucho. Todos, absolutamente todos tenemos una armadura que "nos protege" de nuestra esencia en algún momento de nuestra vida. Y digo "nos protege" porque en realidad no es así, es todo lo contrario, nos lastima, nos hace actuar y vernos muy alejados de lo que somos de verdad porque así cubrimos el miedo a ser vulnerables. Pero la realidad es que esa armadura duele y mucho. Ahí tenemos el ejemplo del caballero, la armadura le pesaba de por sí y le alejó de lo que más amaba en su vida: Julieta y Cristóbal.

       Vivir cargando una armadura es un gasto enorme físico, energético y emocional, imagínense si decidiésemos vivir años con ella. Sé que hay mucho miedo y otras emociones chimbas detrás de ella, pero cuando uno logra superar todo esto, ser vulnerable se siente increíble. Descubrirse a uno mismo es la mayor conquista que hay y todos los días hay una pequeña conquista.

       Todos somos el arroyo. Somos la Luna. Somos el Sol. Podemos ser todas estas cosas a la vez, y más, porque somos uno con el universo. Somos amor. [basado en el último párrafo del libro]

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lunes, 4 de enero de 2016

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¡¡Hola dieciséis!!



¡¡¡Feliz año nuevo!!!

         Espero que la hayan pasado súper súper bien sea con quienes hayan estado y sea donde hayan estado, eso no importa mucho. Lo importante es disfrutar el momento.

      Arrancando el 2016 con todas las pilas puestas, por fin (y hago énfasis, ¡POR FIN!) logré cazar el formulario de reseñas de La Isla de los Blogs el cual llevaba persiguiendo desde hace dos años. Si, dos años. 
        Siempre me lo encontraba cerrado, hasta que ésta vez logre acordarme a tiempo y rellenar mis datos; así que, como por julio estarán publicando mi reseña (Si, por allá lejos, las muchachas se toman su tiempo, además de que reciben muchas, muchísimas peticiones). 

     Quiero mencionar que el año pasado (y el anterior) no pude culminar mi Reading Challenge en Goodreads, así que decidí enseriarme de una buena vez por todas y mi meta será nuevamente diez libros (ya he leído dos, y llevo otro en camino, así que este año pinta muy bien). 

      También cabe destacar que en pocos meses estaré participando en otras cosillas que espero se me den de la mejor manera, con el favor de Dios; ah, también me uní al grupo de Bloggers Venezolanos hace meses, pero casi no había prestado atención al grupo, hasta hoy, que decidí revisar los blogs unidos y me encontré con muchas sorpresas, muchos blogs que me encantaron. Es bueno siempre interactuar y comunicarte con gente que está en la misma onda y medio que tú. 


     Muchas cosas positivas se vienen :) 


Libre como un ave.