Alberto Rivero
Allí estaba yo de nuevo, sentada con las piernas cruzadas frente a
mi peor enemigo: el papel. La última situación traumática en que estuve también
frente al papel no era muy diferente, tenía que redactar una reseña sobre el
Ratatouille que sirvió Perris Hills en el Festival Gastronómico de México, el
mismo festival en el que conocí a Alberto. "No
tengo bolígrafo, señor Vicario". "No
se preocupe señora, ya se lo facilito". Y mi pretexto para alargar el
proceso no duró más de diez segundos, mientras el hombre abría su maletín
forrado con cuero negro y sacaba una pluma Montblanc. La tinta era negra, por
cierto, porque supongo que para señar documentos se requiere que sea a tinta
negra. No lo sé, nunca me gustaron los trámites legales, ni las leyes, ni la
política, ni nada de eso. Es por ello que yo no quería casarme "por el
civil", pero bueno, qué más queda, lo que se hace por amor... Pero
volviendo al festival, yo estaba tomando unas fotografías en el stand de Agatha
Buendía cuando con el lente precisé a un hombre tragándose unas buenas tajadas
de berenjena ahumada; le tomé una foto, porque me pareció de lo más cómico, y
se dio cuenta. Después de ese día perdí la cabeza y el trabajo, Alberto y yo no
nos despegábamos ni un segundo. "Señora
de Rivero, no tenemos todo el día." Eso era lo más triste, que esa iba
a ser la última vez que me llamasen así, porque, después de todo, para eso
estaba el hombre ahí, y para eso me prestó su finísima pluma Montblanc. Cómo es posible que un pedazo de papel me cambiara la vida. Un
vulgar papel, quizá hasta reciclado, que irónicamente pararía a ser el mismo
con el que rayé unos dizque votos de amor por los que me desvelé y que no
sirvieron para un carrizo. Esta vez no era de noche, era bien temprano, pero
eso no me salvó de un insomnio. "Es
que no veo nada, permítame buscar los lentes" "Pero si solo tiene que firmar ahí y listo". Me hice la
miope y dibujé una raya bastante parecida al primer garabato que hizo mi hija
en la pared. "Bueno, ya está,
gracias señorita López, que tenga un buen día". Ridículo, pero de
paso, torpe. Gracias a usted, porque para
eso sirve su profesión, ¿no? Después de todo, Alberto le habrá pagado,
probablemente con el dinero de la venta de la casa, se habrá ido a comprar otro
boli costoso, y yo, en cambio, tendré que volver a la vida que tenía antes del
festival, miserable, sola, ni siquiera con boli decente, y
dependiente de un papel.

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