De cómo descubrí América
Hace poco
tiempo atrás, no mucho, si mal no recuerdo, mientras me encontraba en uno de
mis viajes pasadizos a lugares extraterrestres, llegué a parar a un sitio nunca
antes visto. Era amplio, hermoso, un paisaje con ecosistemas jamás interferidos
por el hombre. Era una isla. Al
contemplar sus maravillas y riquezas naturales, me di cuenta de que me recuerda
al continente al cual pertenezco.
Y así
es como nace el nombre de esta mágica isla, América.
A partir de
entonces, supe que, indudablemente, allí habría de existir secretos o cosas
nuevas por descubrir poco a poco. Una vez que comencé a caminar por su árida
tierra, adentrándome en el bosque, distinguí a pocos metros una pequeña choza.
Me acerqué. Escuché pequeños ruidos provenientes del interior, toqué la puerta
para averiguar de quién o qué se trataba y para mi gran sorpresa, había
una anciana. Me vio con ojos de asombro.
—¿Cómo es
que has llegado hasta aquí? —preguntó sin preámbulo alguno.
—Tras
perderme algunas cuantas paradas en, ya sabe, mi viaje —respondí un poco
titubeante.
—Entonces,
bienvenida. Mi nombre es Esperanza; y tú, ¿de dónde vienes?
Luego de una
charla de varios minutos, logré hacer encajar varias piezas del rompecabezas.
Esta anciana es Esperanza, quien afirma haber vivido durante muchos siglos en
"de dónde vengo", trabajando muy duro para los hombres que dejaban de
creer en ella. Hasta que llegó el día en que se cansó de ver tanta gente sin
ella, creyendo ciegamente de no volverla a tener en sus almas, y se fue.
Hoy en día
se hospeda aquí. En la pequeña isla que acabo de descubrir.
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