Te espero siempre en mis sueños
Catia La Mar, 4 de diciembre de 2013.
Nonno, aún estoy tratando de disponer de
mis ideas para poder escribirte esta carta; pero, no te alarmes, te pido, acabaré
cuanto antes y apenas logre cesar las lágrimas que recaen sobre el papel. Ah, y
por si te lo preguntas, tampoco has de
preocuparte por las lágrimas, no son de dolor, ni de tristeza (bueno,
tal vez un poco), pero créeme cuando te digo que son más de alegría que de otra
cosa, porque sé que tú estás bien, ¡y es que siempre fuiste un tipo muy alegre!
Y contagiabas todo tu entorno con esa agasajadora sonrisa, y esos ojos, color
miel de abejas, pero sin la dulzura: por desgracia, te la habían quitado ya a
los once años de edad —aquellos eran tiempos de guerra— y te la remplazaron por
el coraje y la perspicacia, aunque, aquel que tuvo la oportunidad de
detallarte, pudo notar que en un punto de tu pupila se entremezclaba la
esperanza (y deduzco por esto, que de allí prosperaron tus buenos
sentimientos). Tatuaron en la túnica de tu alma crónicas que jamás pude
desentrañar, pero apenas pude percibir algunas cosas: elementalmente te
despojaron del lecho de tu madre, y te arrojaron a los prados y a las labores
de cocina para poder atender a los alemanes, mientras había pobreza y hambre
para todos los paisanos. Fueron tiempos muy difíciles, sí, pero en este argumento hay “mucha tela que
cortar”, y sé que ya has sanado todo esto, por lo tanto no has de sufrir
más.
No lo voy a negar, tenía ese vago rayito
de esperanza de que llegaras a bailar el famoso Vals de quinceañera conmigo (por muy tonto y cursi que suene), pero
entiendo que te urgía irte, además, no fue del todo tu decisión, cuando el
Padre Eterno llama a un hijo, se debe obedecer. Tampoco sé mucho de eso, pero
me han dicho que justo antes de desplegar tu alma del cuerpo, te persignaste,
cosa que a mi parecer, fue la forma más hermosa de entrar al Reino de los
Cielos. Y ahora qué sabes de mis sentires,
tengo que agradecerte en primerísimo lugar porque si hay alguien que me
ha enseñado lo que es vivir la vida en la más pura litosfera del amor, eres tú.
Primero por el fuerte amor que les tenías a tus padres, pero en especial a tu
madre, Eugenia, que por la forma en que siempre me hablabas de ella, era una
mujer luchadora, que te entregó el más precioso legado de sabiduría y
sencillez, y que además, desgraciadamente cayó enferma por largo tiempo (cosa
que la llevó hasta la muerte). Pero ese amor por ella pervivió en ti hasta el
último segundo de tu existencia porque cada vez que hablabas de ella tu rostro
era resplandeciente. Era algo increíble. Y la única cosa que te reflejaba esta
misma expresión, era hablar de la Nonna —que según, como solías afirmar, ella
era la compañera que el Padre Eterno te
entregó para toda la vida— y te deleitabas y decías “¡Cómo no la voy a querer!” luego de narrarme el largo relato de
cómo pararon a conocerse y enamorarse, y todo ese chiflado (pero dulce) cuento
de amor. Debo destacar ese gran amor que le tenías a tu trabajo y a todos los
compañeros que tuviste, todo el tiempo me hablaste de ellos y muy bien. También
tuviste un gran amor por tu patria, por la que te vio nacer; y por la otra, la
que te vio crecer y crear nuevos sucesores. Y ni hablar de tus hijas, a quienes
les heredaste esa cualidad intrínseca de tu personalidad que viene de
generaciones anteriores: valentía, certeza e inteligencia. Las formaste con
tanto amor, y a su vez les mostraste el amor por los valores y los principios
como la honestidad y el ser transparente. Por último, pero no menos importante,
el amor a tu mejor amigo, Bochacco (el perro de la casa), el más leal de todos
los compañeros, y quien siempre estaba a tu lado hasta las veces en que subías
a la azotea a contemplar las estrellas.
En fin, hubo tantas cosas que me
enseñaste, pero nada de eso podré olvidar. Te agradezco por todo, por cada vez
que estuvimos sentados en el porche de la casa, hablando de la vida y el origen
de las cosas, por cada vez que me echaste un regaño, por cada vez que reímos
juntos (y no puedo olvidar esa desdentada sonrisa), y por cada vez que me diste
un discurso sin sentido (en tus últimos meses de vida, me peleabas que la
Tierra era circular y plana, en lugar de esférica) — “cosas de la demencia”,
decía mi madre—. Me casaré con un buen hombre justo como tú siempre me
aconsejaste (seré cautelosa, tranquilo), me dedicaré a hacer lo que más amo
(cosa con la que ya he comenzado), me aferraré a la vida con la filosofía que
tú llevaste, de bella sencillez. No te prometo no llorar, pero si identificaré
la estrella que solías indicarme en el cielo (la estrella más brillante del
cielo, Sirio) por ti, por tu esencia y
por tu alma.
Te
espero siempre en mis sueños.
Con
un profundo amor, la tua pupetta (tu muñeca)
Esta carta es mi maravilloso postulado que tiene lugar en el Concurso Cartas de Amor, sería todo un honor que lo leyeran y compartieran. Se encuentra pinchando este enlace: Mi carta

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