Rory y las acuarelas
Fuente: https://goo.gl/CvKTjo
Rory
era una niña sumamente callada, le gustaba pasar las horas contemplando lo que su
madre pintaba en un viejo lienzo del
cobertizo (que parecía imperecedero) y decía que cuando fuera grande
sería pintora como ella. No era de las niñas más lindas, de esas con colas de
caballo doradas y sonrisas cándidas; ella era más bien un poco desaliñada y se
la vivía triste para aquí y para allá.
Le gustaba mucho un niño de su clase
llamado Rubén, él era el clásico deportista y simpático que a todas las niñas
atrae. A ella le revoloteaban maripositas en el estómago cuando la miraba
por esos instantes, pero no tenía idea de cómo llamar su atención. Entonces, se fijó en aquellas niñas que se la
pasaban con él y notó que todas eran bien peinadas y hasta maquilladas. Un día,
le pide a su madre que le hiciera trencitas y le colocara un poco de
maquillaje.
–¿MAQUILLAJE?
–dijo su madre.
–Sí
–contestó–, ya soy una niña grande y puedo usarlo.
Los
ojos de su madre se pusieron como platos y exclamó: –¡Pero si apenas estás en
tercer grado!
–Má,
plis, mis compañeras ya lo usan, y hasta llevan colorete.
–Rory,
las demás niñas pueden ser lo que sus madres le permitan. Tú sé solo tú. ¿Acaso
te gusta un muchachito, que quieres arreglarte tan repentinamente?
–Ahora
una niña no puede tener deseos de ser femenina porque se le acusa de
enamoramiento.
–Bueno,
ah, que vamos tarde.
–Espérame,
que debo ir a buscar algo que casi olvido.
Luego de regresar, tomó el autobús
que le llevaría al colegio. En la hora de clases, pidió un permiso para ir al
baño y sacó de su mochila unas acuarelas que había tomado del cobertizo y comenzó
a pintarse la cara. Rojo escarlata para los labios, azul celeste para los ojos,
un poquito de esto por aquí y por acá, y para el toque final: rosa pálido para
las mejillas y ¡voila!, ya se parecía
a sus compañeras. Al regresar al salón, en la puerta, se tropezó con Rubén,
quien soltó una carcajada al verla. Su
risa se colaba entre “¡Pareces un
payaso!” y “¡Qué horror!”; la
niña no pudo evitar sollozar y entró corriendo a su asiento, cosa que trajo
consecuencias peores: todos sus compañeros (e incluso la maestra) comenzaron a
reírse sin parar de su rostro que parecía un cuadro abstracto pintado por su
misma madre. Luego de unos segundos de incesante risa, y de llanto para la
pequeña niña, la maestra retomó la cordura y le preguntó qué era eso que tenía
en la cara, a lo que ella respondió que no era más que las pinturas de su madre
y que ella sólo quería verse bonita como las demás niñas.

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