Confesiones Al Amanecer
Querido Alex, aquí estoy, haciendo
justo lo que tú querías: escribiéndote. Me pediste que te escribiera sobre el Sol y la Luna, sobre el espacio y las
estrellas, sobre el vuelo y las aventuras. Ya sé que esto no es exactamente a lo
que te referías, tú querías algo más del estilo de Allan Poe o hasta de Quiroga,
pero vamos, que apenas me estoy iniciando. Además, si tratara de escribirte
como ellos, sabes que tampoco funcionaría; ellos tienen su forma particular, y
yo, ya encontraré la mía.
No sé cómo hacerte entender que no hay
mínimo sentido en crearte toda una colección cubierta de relatos y aventuras, y
no es que no pueda imaginarlas, porque la verdad, contigo se me ocurren miles;
es solo que me parece la cosa más ilógica inventar algo que nunca sucedió. Yo
sé, yo sé, que no hay manera de que El Quijote de verdad existiera, o que El
Principito viniera del asteroide B 612; pero no tengo la valentía de mentirle
al lector con mis propias manos.
Por ejemplo, yo puedo imaginar una historia
tuya y mía yendo al baile de graduación como dos adolescentes extáticos y
guapos, con todos los detalles precisos del color de mi vestido, del corbatín
de tu esmoquin y de la forma en que se tambalean mis caderas lentamente para
seguir la balada; pero, ¿poner todo eso en el teclado? Vaya tarea.
Ya ves, soy pésima en esto, no sé de
donde sacaste la absurda idea de que puedo ser escritora. Si lo mencionaste por
los poemas que dejé en el cuaderno de Mags, que por cierto, son para ti, estás
equivocándote. Como poeta si soy excelente, eso de escribirte en versos para mí
no es nada difícil, pero tú no te conformas ni con sonetos.
Aunque sí recuerdo remotamente la única
situación lo más parecida a una aventura que tuvimos, si no me equivoco, eran
cerca de las cuatro de la mañana en una fiesta de bienvenida donde todos
estaban ebrios (menos yo, como de costumbre), tú solo lo estabas un poco; nos
aburrimos y me diste las llaves del auto para ir a casa. Yo no sabía conducir y
tú no podías, ninguno de los dos sabía cómo regresar. Estaba muy nerviosa, ¿sabes?
Mi madre que me iba a sermonear por llegar tarde, tú diciendo estupideces y
encima la molesta vocecita del control por voz, a la que no seguí, porque conduje
por donde se me ocurriera.
Hacía un frío terrible, paré en una
estación de servicio para pedir ayuda, y cuando volví al auto estaba a la radio
I Am The Walrus de The Beatles y tú
cantando a todo pulmón. En ese instante todas las tensiones se desvanecieron,
me olvidé de mi madre, de que estábamos perdidos en la nada, de todo; y es
cuando me di cuenta de lo mucho que me gustabas. Miré hacia arriba y ya estaba ese
precioso matiz de colores tenues, me uní a cantar contigo, y más abajo desde el
mar, se asomaba un círculo incandescente que subía lento por la escala del
cielo soltando destellos de luz cálida. El viento dejó de ser espeluznante y
ahora era solo juguetón con mi cabello. El resto del camino te dormiste, pero
ya no importaba, había amanecido, lo vi contigo, ya no tenía miedo.
Estoy escribiéndote mientras otro amanecer
llega, justo como aquel día. Éste no es tan lindo como ese, por supuesto; más
sin embargo, como todos, tiene algo en sí que le convierte en un milagro que
sólo la naturaleza nos podría brindar.
Espero ver un par de amaneceres más contigo, de verdad que
sí.
Con amor,
Tu mejor amiga.
Con amor,
Tu mejor amiga.
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