Bien sea carmesí o escarlata
Y
ahí va, empinando la cabeza para echarse otro trago más; puede que éste sea el
quinto o el sexto consecutivo en lo que lleva de noche, no lo sé, tampoco es
que he estado vigilándolo todo el rato. Pues sí, mi gran amigo nunca había
conseguido tragar más de una copa por su propia voluntad, pero allí estaba,
dispuesto a beber cuanto alcohol su hígado le permitiera. Vamos, que es
absurdísimo beber por una mujer que ha sido miserable con uno. Es más lógico
embriagarse por una mujer que merece la pena. Más lógico es brindar por una
mujer bendita, que por una maldita. Sin embargo, él seguía tratando de zafar
sus fantasías y deseos ahogados de la garganta. Qué idiota al creer que unas
copas de whisky le ayudarán a pasar la noche sin querer acuchillar sus pensamientos.
Hay
que ver que es bien necio además, le insistí en mirar a la flaca del vestido
rojo en la otra punta del bar, y el muy insolente me salió con que el vestido
era escarlata y que su mujer solía pintarse los labios carmesí y que justo
ahora podría imaginarla poniéndoselo porque en verdad le quedaba hermoso. Luego
echó a lloriquear como niña mimada. ¡Qué carajos! Bien sea carmesí o
escarlata. Da igual, ¡de eso no se trata el amor! Dígame esas dos morenas que
me traían loco, eso sí que era belleza. Pasaba ratos disputando cuál me gustaba
más, pero nunca lo deduje. Séptimo trago. Ni siquiera se parecían, y para
mis ojos no había distinción entre sus bellezas; eran como una misma, ni la una
es más así ni la otra es más asado.
A
mí todo aquello que hacían me extasiaba, sus tumbaitos al caminar, sus
cabellos, sus comisuras, ¡Uy! Que no me haya alcahueteado Dios una vez más
velarme en sus caderas porque lo juro: habría muerto antes de lo previsto.
Pero, ¿qué más da? Tendría la dicha de decir que me velé en sus caderas treinta
y siete veces y no treinta y seis. Octavo trago. Y sí, de tanto darle vueltas a
la cabeza por tratar decidir con cuál de las dos quedarme, acabé como diría mi
viejo “sin el chivo y sin el mecate”. Pero no me arrepiento, por estas
dos mujeres sí que valía la pena la resaca del día después.
“Caballero,
deme dos tragos más. Hoy brindo por esas fantásticas mujeres.”
Lástima
que mi amigo no pudiera conocer la verdadera belleza, y solo pudiera
imaginarla, puesta en el labial de su mujer.
Comentarios