"¿Quién no echa un vistazo al
sol cuando se levanta? ¿Quién le quita el ojo a un cometa que aparece? ¿Quién
no presta oído a ninguna campana que suena en cualquier ocasión? pero ¿quién
puede eliminarlo de la campana que está pasando un pedazo de sí mismo fuera de
este mundo? Ningún hombre es una isla, completo en sí mismo, cada hombre es un
pedazo del continente, una parte principal. Si un terrón de tierra es
arrastrado por el mar, toda Europa queda disminuida, así como si fuera un
promontorio, así como casa de tu amigo o la tuya propia: la muerte de cualquier
hombre me disminuye, porque soy parte de la humanidad, por lo tanto nunca
preguntes por quién doblan las campanas, doblan por ti." (John Donne,
poema citado del ensayo Devociones sobre ocasiones emergentes)
Hemingway
nos deja un epígrafe del poema que finaliza con la frase que a su vez lleva por
título su novela Por quién doblan las campanas; poema del escritor,
sacerdote y abogado del siglo XVII, John Donne.
¿Por qué
razón han de doblar las campanas? Ellas pueden indicarnos dos cosas: alguien ha
muerto, o alguien ha nacido. Pero, ¿será en realidad su retumbante sonido un
anuncio de muerte propia? Lo más aterrador del caso es que nuestra ingenuidad
(y ego a la vez) nos hace cuestionar por quién están doblando las campanas,
como si hubiese olvidado que doblan por uno mismo. Somos parte de un todo,
somos un sistema, un infinito dentro del Universo.Cuando la muerte ha de llamar
a un hombre, se lleva consigo una mínima parte de cada uno; cuando un hombre
muere, morimos también, porque nuestro infinito, a pesar de seguir siendo
infinito, se vuelve más pequeño.
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