Mi Ciudad de las Luces
Estoy harta
de todo el desdén de la gente por las grandes metrópolis y la ambición y
vanidad que hay entre sus calles. ¿Quién dijo en su sano juicio que se debía
viajar al norte para ver la ciudad de las luces? Tonterías. Yo tengo mi propia
Ciudad de las Luces a quince kilómetros de la comodidad de mi hogar, sin
pasajes, sin visa, y sin trámites del cupo Cadivi (que ahora y que se llama
Simadi ¡Da igual!). Tan sólo necesito mis pies que tienen mejores sentidos que
mis manos. Mi Ciudad de las Luces tiene hasta estrellas en sus montañas,
estrellas de diferentes colores que varían del blanco, al naranja y amarillo;
estrellas que están ahí para hacer deslumbrar a la luna en caso de que se
deprima. Mi Ciudad de las Luces tampoco duerme: tiene que velar por el viejo
que sale tarde del trabajo, y por el que madruga para ir a trabajar; por el del
puesto de perros calientes, el autobusero, el travesti y hasta el malandro.
Yo no puedo
hacer más que quedarme callada y contemplar desde la ventanilla del carro como
una niña que apenas descubre el mundo, porque aunque pase por los mismos sitios
tres veces por semana, nunca dejo de maravillarme: la brisa, los edificios, el
obelisco, y el Warairarepano que me acecha desde el rincón en el que esté. Me
observa desde el fondo y finge que no lo sé, pero en realidad sí, porque en
cada oportunidad que pueda lo veo. Lo veo y me siento tan diminuta que quisiera
poder extender los brazos de manera tal que lo abrazara (ojo: no extender los
brazos de verdad, ya que me los podría llevar un motorizado). Y si estás en
cola, mejor aún, tienes mayores lapsos de tiempo para fijarte en el atardecer
mientras escuchas a los Runrunes en La Cola Feliz.
Amo mi
Ciudad de las Luces, que aunque a veces se quede sin luz, sus estrellas entre
las montañas nunca nos defraudan. Amo mi ciudad. La amo de tantas formas
posibles que aun sabiendo que estoy en una de las más peligrosas del mundo, me
siento segura. Me siento segura porque estoy en casa. Camino con seguridad, la
vista en frente y con pisadas firmes, eso sí, con prudencia: los dispositivos
electrónicos bien guardados. Amo ir a por un café antes de la misa y luego de
esta pasar por el Mercado Municipal. Amo las noches de teatro y de tertulia
poética en la Casa Rómulo Gallegos acompañadas —en algunas ocasiones— de unas
buenas hamburguesas locales. Amo la autopista Prados del Este a las once de la
noche y poder extender los brazos con la música a todo volumen. Amo el metro y
todas las situaciones extrañas que puedes llegar a ver. Amo los fines de semana
de picnic en el Parque del Este leyendo el libro del momento. Amo cada rincón
de mi ciudad y cada cosa que aprendo y disfruto de ella, que no necesito cerrar
los ojos e imaginarme que estoy en París, ¡Tengo mi propia Ciudad de las
Luces!

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